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Bibliotecas
Los conjurados
Son apenas cinco, pero en menos de tres años,
trabajando a pulmón, sin subsidios de ninguna clase y por las
ganas locas de leer todos los libros del mundo que no estaban en
Braille, edificaron una biblioteca digital para ciegos que ya
tiene cinco mil títulos y miembros en treinta países
diferentes. Conozca la formidable historia de “Tiflolibros”. |
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Por Juan Forn
Para los ciegos, la expresión “lector ideal” significa algo
mucho más concreto que para el resto de los mortales.
Especialmente desde mediados de los ‘90, fecha en la que
pudieron acceder al uso de computadoras y a una opción de
lectura impensada hasta poco tiempo antes. La cosa no era
sencilla ni barata precisamente, pero sumando un escaner y un
sintetizador de voz a sus computadoras (aparatito bastante caro,
que se conectaba al equipo y “leía” los archivos de texto),
los ciegos pudieron por fin hacer realidad un pequeño placer
que hasta entonces les estaba vedado: ir a una librería,
comprar el libro que les diera la gana y poder leerlo por las
suyas. Tenían que escanear cada página del libro primero, es
cierto, pero el esfuerzo se justificaba largamente cuando la robótica
entonación del sintetizador de voz se convertía para ellos en
el tantas veces mentado “lector ideal” y los convertía a
ellos en lectores genuinos: del libro que quisieran, a la hora
que quisieran, durante el tiempo que quisieran.
Hasta entonces, las posibilidades de acceso a los libros que tenían
los ciegos se reducían a los textos en Braille (para aquellos
que conocían ese sistema), a la oferta más que limitada de
audiolibros o al albur de que un voluntario les leyera en vivo y
en directo o a través de un casete grabado especialmente. En
cuanto a las tres bibliotecas para ciegos que había en Buenos
Aires, su stock era doblemente limitado: antes de la
informatización, los libros en Braille se copiaban a mano (lo
hacían voluntarios videntes que conocían el lenguaje), o sea
que cada biblioteca tenía a lo sumo una sola copia de cada
texto “traducido” al Braille, lo que significaba que las más
de las veces había que esperar turno hasta tener por fin el
libro entre manos (para no hablar del voluminoso tamaño que
tienen las ediciones en Braille, lo que volvía titánica la
tarea de llevarse a casa más de un par de volúmenes).
“A pesar de lo caros que eran los escaners y los
sintetizadores de voz, para nosotros significaron un salto
importantísimo”, cuenta Pablo Lecuona, uno de los fundadores
de Tiflolibros. “Hasta hoy me acuerdo del día en que vinieron
a instalármelos en mi computadora. Yo iba como loco apilando
libros que andaban por mi casa y hacía años que tenía ganas
de leer. Entonces me agarró la desesperación por decidir con
cuál empezar. Otra emoción fue cuando vino mi cumpleaños: esa
misma noche, cuando se fueron los invitados, pude sentarme a
leer uno de los libros que me habían regalado. Era Una sombra
ya pronto serás, de Osvaldo Soriano, que acababa de
aparecer.”
Con las computadoras vino el correo electrónico, y a través de
ese medio comenzó el intercambio de textos que cada uno de los
voraces lectores había almacenado en su computadora. “Con
Mara, mi mujer, nos habíamos suscripto a un par de listas de
correo sobre tecnología para ciegos, que nos servían muchísimo,
ya que uno manda ahí cada dificultad que tiene con su
computadora, o pregunta cómo usar algún programa, y el mensaje
llega a todos los que están suscriptos a la lista, y siempre
hay alguno que ya tuvo el problema y sabe resolverlo. Así que,
sin tener mucha idea de cómo se armaba una de esas listas,
decidimos inventar una y proponer el intercambio de los libros
que cada uno tenía almacenado en su computadora. No teníamos
claro si era legal o no intercambiar libros por internet, y no
queríamos violar los derechos de autor. Pero era una
oportunidad única de acceder a más lecturas, así que avisamos
a todos nuestros amigos (a algunos llegamos a amenazarlos para
que se suscribieran), mandamos un mensaje a las listas para
ciegos a las que estábamos suscriptos (donde la mayoría eran
españoles, sólo alguno que otro era de países
latinoamericanos) y, esa misma noche, ya había dieciocho
personas suscriptas a Tiflolibros. Me acuerdo del comentario que
le hice a Mara: ¡Si un día queremos reunirnos todos, no
entramos en casa!”. La primera medida del grupo de conjurados
fue armar un catálogo con los datos de cada libro y la dirección
electrónica de quien lo tenía. La segunda medida fue que el
acceso a la lista fuera gratuito pero restringido a personas
discapacitadas (las normas internacionales que rigen desde
siempre el funcionamiento de las bibliotecas para ciegos, sea en
Braille o cassette, estipulan que los libros pueden circular
libremente mientras se distribuyan en forma gratuita y sólo a
aquellas personas que por algún impedimento físico no puedan
acceder a la lectura en el formato convencional). La tercera fue
armar un sitio web: “En enero del 2000 encontramos una revista
que explicaba cómo armar un sitio gratis. Sin entender nada de
servidores, nos lanzamos. En principio era una página sólo de
información: un servidor gratuito que nos daba espacio
limitado, pero suficiente para lo que queríamos. Luego
encontramos otro sitio gratuito que daba espacio ilimitado y
permitía el acceso vía contraseña. Cuando conseguimos armar
un lugar donde sólo pudieran acceder nuestros usuarios,
colocamos allí todos los libros que teníamos”.
Así surgió la primera biblioteca de Tiflolibros en la web, tan
entusiasta como precaria: el sitio no ofrecía la opción de búsqueda;
era una larga sábana de títulos ordenados alfabéticamente por
autor. Casi cada día se sumaban nuevos usuarios que mandaban su
stock; un par de amigos españoles de Tiflolibros, que tenían
conexión a internet de tarifa plana, recibían y “subían”
los libros que iban llegando, y Mara y Pablo agregaban
manualmente cada nuevo título a la lista. Para el primer
cumpleaños de Tiflolibros, la biblioteca contaba con algo más
de mil títulos, y doscientas personas suscriptas con ingreso.
Por entonces se suma activamente al equipo André Duré (un
programador ciego que formaba parte de la lista casi desde el
principio), contratan un servicio de banda ancha y comienzan a
hacerse cargo de todo el proceso desde una misma “central”,
ya con buscador propio y un rediseño de página (que incluye un
sector de información apto para todo público y un sector de
biblioteca exclusivo para aquellos suscriptos que hayan enviado
la certificación de su discapacidad).
Para abril del 2001 hay una buena noticia y una mala noticia: la
mala es que André se queda sin trabajo; la buena es que eso le
da mucho más tiempo para dedicar a Tiflolibros. Lo que lleva a
una aclaración importante: toda esta tarea es realizada por el
equipo sin ganar un peso, en sus horas libres y sin ningún
subsidio ni financiación estatal o privada. Con ese espíritu
parten a la Feria del Libro, a tantear a autores y editoriales a
ver si les podían facilitar textos para incorporar a la
biblioteca: “Sabíamos que todos los sellos editan sus libros
a partir de la computadora, y que los propios autores entregan
sus originales en diskette. Esos archivos de texto nos ahorraban
a nosotros el escaneo (que implica un doble esfuerzo: no sólo
el escaneo en sí sino la corrección de errores que a veces
genera la lectura óptica)”, dice Pablo. Pero tenían que
garantizar que el material que recibieran no pudiera ser
“pirateado”, para lo cual André y Gustavo Ramírez habían
inventado el Tiflolector: un formato en el que se encriptan los
archivos de texto que los hace completamente inaccesibles para
un lector vidente (no sólo para copiarlos e imprimirlos, sino
que incluso evita que el texto se visualice en pantalla). El
programa permite abrir los archivos no sólo en el formato
encriptado (tfl) sino también en Braille.
“El trabajo con las editoriales es arduo. No es fácil llegar
a la persona que decide, explicarle cómo podemos leer los
ciegos a través de una computadora, y cómo protegemos los
textos que nos dan, para que sólo puedan decodificarlos
personas ciegas que usan programas lectores de pantalla. Lo que
hacemos es ir a la entrevista con una notebook y mostrar cómo
funciona el Tiflolector. Por lo general la recepción es buena.
Lo quecuesta es que, luego de esa primera donación, nos sigan
dando libros. Pero es cuestión de insistir y de ir trabajando
con paciencia”, dice Mara.
La génesis del Tiflolector es digna de contarse. Según Pablo,
“nos había pasado varias veces que llegaba un correo electrónico
y mi mujer, que no es ciega, decía que el mensaje estaba vacío
pero yo lo leía perfectamente con mi programa lector de
pantalla. Era porque venía con el fondo del mismo color que la
letra. Así que, medio en broma, medio en serio, le dijimos a
André que inventara algo a partir de eso”. Hoy está casi
lista una nueva versión del Tiflolector, que incluye voz
propia, para que la persona que no tenga instalado en su
computadora el lector de pantalla OCR (Reconocimiento Optico de
Caracteres, un programa que sigue siendo muy caro) pueda leer
igual los textos que baja de Tiflolibros. Y André y Gustavo están
desarrollando un sistema para que la gente que no tiene un
acceso barato a internet, o que tiene dificultades para
manejarse en una página web, pueda pedir libros directamente
por comandos de mail. “La idea es que cada día más personas
ciegas puedan acceder a nuestros libros de la manera más
sencilla y sin grandes requerimientos de programas”, dice André.
La biblioteca digital de Tiflolibros cuenta en la actualidad con
más de cinco mil títulos, su lista de correo está compuesta
por gente de treinta países diferentes, mayoritariamente ciegos
o con disminuciones visuales severas (también hay personas con
otras discapacidades como parálisis y cuadriplejia, y personas
con vista que trabajan en instituciones donde se atiende a
ciegos o disminuidos visuales). Y el reducido equipo que lo
conforma sigue trabajando a pulmón, desde sus casas y en los
ratos libres que les dejan el trabajo y los estudios: Pablo
Lecuona (27 años, ciego, estudiante avanzado de Ciencias de la
Comunicación, orientación Comunicación Comunitaria, en la
UBA), Mara Lis Vilar (esposa de Pablo, 27 años, profesora de
ciegos y disminuidos visuales), André Duré (24 años, ciego,
programador), Gustavo Ramírez (21 años, ciego, analista de
sistemas) y Marta Traina (esposa de André, 31 años, ciega,
estudiante de Ciencias de la Comunicación en la UBA). Desde
principios de este año, se ha sumado al equipo original una
cincuentena de voluntarios que colabora en las tareas de tipeo,
escaneo y corrección de libros. Y, para poder establecer
relaciones con otras instituciones, han formado Tiflonexos,
asociación civil con personería jurídica desde donde planean
desarrollar otros proyectos que acerquen la discapacidad a la
cultura, la comunicación y la tecnología. En pocos días más,
el 22 de noviembre, Tiflolibros celebrará su tercer año de
vida, con Ana María Shua como invitada de honor (Ani fue la
primera escritora que dio sus originales a la biblioteca). En la
mitología griega, Tiflos era la isla adonde se desterraba a los
ciegos. Si al quinteto de Tiflolibros lo desterraran a alguna
isla, estoy seguro de que levantarían una nueva biblioteca de
Alejandría. Y no dejarían ni ahí que ardiera tan fácil como
la primera.
TIFLOLIBROS
Primera Biblioteca Digital para Ciegos de Habla Hispana
En su Tercer Aniversario, Tiflolibros ha organizado una
“Charla Abierta con Ana María Shua” el viernes 22 de
noviembre a las 19 en el Microcine de la Sala Pública de la
Biblioteca del Congreso de la Nación (Alsina 1835). Informes:
4931-9002 o tiflolibros@tiflolibros.com.ar
Sitio Web: http://www.tiflolibros.com.ar |
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