"Yo puedo aceptar que la pobreza sea
eliminada gradualmente, pero no que exista el hambre, porque
entonces estaría aceptando la negación del derecho a la
transformación. En consecuencia, si la democracia ha
naturalizado el hambre, me termino replanteando si debo llamar
democracia al sistema en el que vivo."
Reflexivo y apasionado, el ensayista, poeta y
filósofo Santiago Kovadloff no abandona la línea del crítico
documento de la Unión Industrial Argentina, que lo tuvo entre
sus principales redactores.
En una entrevista con La Nación ,
mostró que siente como una de sus tareas esenciales demostrar
que siempre será posible volver a empezar mientras haya lugar
para la crítica y la autocrítica. Cree que nombrar lo real
tiene un sentido porque le infunde valor. Y sabe que su aporte
como intelectual es también relativo.
"Soy un ensayista, un hombre que
tartamudea", dice Kovadloff, jugando con esos ladrillos en
los que él cree, las palabras, "que nos permiten construir
un espacio para ser habitado al menos por dos". Y resalta
la necesidad de devolverle a la política el sentido de la
participación, una reapertura que sólo es posible mediante el
diálogo.
Santiago Kovadloff, graduado en filosofía
por la UBA, suele desempeñarse como profesor y conferencista en
universidades de América latina, Estados Unidos, Europa e
Israel. Nació en 1942, en Buenos Aires, donde actualmente
reside.
-"Vacuo será el razonamiento del filósofo
que no alivie ningún sufrimiento humano", dijo Epicuro. ¿Está
de acuerdo?
-Eso es precioso. Claro que concuerdo. Porque
aliviar el sufrimiento no significa suprimirlo, sino aprender a
convivir con él, a significarlo hasta transformarlo en algo que
en lugar de abrumarnos nos interrogue. Así podemos reconstituir
nuestra subjetividad. Vivimos construyéndonos y, porque somos
inconclusos, tenemos porvenir. Por eso, un hombre valioso no es
aquel que no conoce el dolor, sino el que sabe habitarlo.
-Hoy el dolor habita en la mayoría de los
argentinos. ¿Recuerda alguna crisis tan grave como la que
estamos atravesando?
-Crisis, varias. Tan grave, ninguna. Esta vez
ha caído el proyecto más ambicioso de la vida republicana, la
expresión más profunda del espíritu democrático, que es el
de habérsele dado el ideal de un gobierno de coalición.
Hombres que no comparten ideas se unieron para hacer de la
diferencia un instrumento de consolidación del sistema. Pero
ese ideal tan alto cayó. La clase dirigente no estuvo a la
altura de las demandas de la población.
-¿A qué símbolos se refería el 25 de
Mayo, cuando escribió: "Aprendamos del pasado y entonces
sus símbolos dejarán de ser un peso moral en nuestra
conciencia"?
-A la Bandera, al Himno... A veces nos toca
cantar el Himno (lo entona). Yo no puedo hacerme cargo de esas
palabras cuando miro a mi alrededor y veo desolación,
insignificancia de la vida del sujeto, destitución de la
persona, inmoralidad... Soy escritor y me siento responsable por
lo que digo.
-O mejoramos la realidad o cambiamos la
letra del Himno. Ya tengo varias estrofas en mente.
-(Ríe) John Locke decía, bromeando, si la
realidad no coincide con mis palabras, peor para la realidad.
-¿Y qué frutos cosechamos en estos últimos
10 años?
-Nos dimos cuenta de que uno de los riesgos más
profundos que amenazan a la democracia es que parezca
democracia: la simulación. Y de que para salir de la crisis
tenemos que construir mayores grados de interdependencia
regionales, externos e internos.
-¿Qué le diría a los adolescentes que
terminan el colegio secundario?
-Que somos únicos por una sola vez, y eso es
lo que nuestra vida tiene de sagrado. Si algo le podemos
criticar a la sociedad de consumo es que al convertirnos a todos
en sinónimo de todos, lleva a cabo una apología de nadie como
el verdadero sujeto de la sociedad. Luchar contra este anonimato
es reivindicar el milagro de la singularidad. Lo que me une al
otro es, precisamente, que somos únicos. Yo pertenezco a una
generación que sobrevivió a la subestimación y degradación
del derecho a la diferencia. En esos años, en que muchos morían
por no coincidir, sobrevivíamos bajo el terror.
-Secuelas que se perpetúan en los más jóvenes.
Una generación criada por la mano áspera del terror y el
dogmatismo es como un árbol podado de ramas y raíces.
-Lo que le falta a la clase dirigente
argentina es personalidad, capacidad de obrar con espíritu
creador. No hay creatividad ni propuestas porque las ideas han
sido sustituidas por las consignas.
-¿Qué podemos hacer, entonces?
-Recuperar la indignación frente a las
consignas. Esto nos lleva a la rebeldía y al replanteo de las
ideas. Es necesario no quedar esquematizados en una convicción,
en una verdad inequívoca; la posibilidad de replanteo debe
quedar abierta.
-¿Y no deberíamos recuperar esa seriedad
con que jugábamos cuando éramos chicos?
-Me encanta (dice con encantamiento y una
franca expresión de inocencia). Es más, me gustaría que la
entrevista terminara así.