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Tomado de La Nación Line, Suplemento Cultura, 3/6/01

 
Entrevista con el filósofo Santiago Kovadloff
"Faltan creatividad y propuestas"
El ensayista y poeta lamenta que las ideas hayan sido sustituidas por las consignas
  • Dijo que el país vive una grave crisis al frustrarse el ideal de un gobierno de coalición
  • Y que le falta personalidad a la clase dirigente
  • La política debe recuperar el sentido de la participación

"Yo puedo aceptar que la pobreza sea eliminada gradualmente, pero no que exista el hambre, porque entonces estaría aceptando la negación del derecho a la transformación. En consecuencia, si la democracia ha naturalizado el hambre, me termino replanteando si debo llamar democracia al sistema en el que vivo."

Reflexivo y apasionado, el ensayista, poeta y filósofo Santiago Kovadloff no abandona la línea del crítico documento de la Unión Industrial Argentina, que lo tuvo entre sus principales redactores.

En una entrevista con La Nación , mostró que siente como una de sus tareas esenciales demostrar que siempre será posible volver a empezar mientras haya lugar para la crítica y la autocrítica. Cree que nombrar lo real tiene un sentido porque le infunde valor. Y sabe que su aporte como intelectual es también relativo.

"Soy un ensayista, un hombre que tartamudea", dice Kovadloff, jugando con esos ladrillos en los que él cree, las palabras, "que nos permiten construir un espacio para ser habitado al menos por dos". Y resalta la necesidad de devolverle a la política el sentido de la participación, una reapertura que sólo es posible mediante el diálogo.

Santiago Kovadloff, graduado en filosofía por la UBA, suele desempeñarse como profesor y conferencista en universidades de América latina, Estados Unidos, Europa e Israel. Nació en 1942, en Buenos Aires, donde actualmente reside.

-"Vacuo será el razonamiento del filósofo que no alivie ningún sufrimiento humano", dijo Epicuro. ¿Está de acuerdo?

-Eso es precioso. Claro que concuerdo. Porque aliviar el sufrimiento no significa suprimirlo, sino aprender a convivir con él, a significarlo hasta transformarlo en algo que en lugar de abrumarnos nos interrogue. Así podemos reconstituir nuestra subjetividad. Vivimos construyéndonos y, porque somos inconclusos, tenemos porvenir. Por eso, un hombre valioso no es aquel que no conoce el dolor, sino el que sabe habitarlo.

-Hoy el dolor habita en la mayoría de los argentinos. ¿Recuerda alguna crisis tan grave como la que estamos atravesando?

-Crisis, varias. Tan grave, ninguna. Esta vez ha caído el proyecto más ambicioso de la vida republicana, la expresión más profunda del espíritu democrático, que es el de habérsele dado el ideal de un gobierno de coalición. Hombres que no comparten ideas se unieron para hacer de la diferencia un instrumento de consolidación del sistema. Pero ese ideal tan alto cayó. La clase dirigente no estuvo a la altura de las demandas de la población.

-¿A qué símbolos se refería el 25 de Mayo, cuando escribió: "Aprendamos del pasado y entonces sus símbolos dejarán de ser un peso moral en nuestra conciencia"?

-A la Bandera, al Himno... A veces nos toca cantar el Himno (lo entona). Yo no puedo hacerme cargo de esas palabras cuando miro a mi alrededor y veo desolación, insignificancia de la vida del sujeto, destitución de la persona, inmoralidad... Soy escritor y me siento responsable por lo que digo.

-O mejoramos la realidad o cambiamos la letra del Himno. Ya tengo varias estrofas en mente.

-(Ríe) John Locke decía, bromeando, si la realidad no coincide con mis palabras, peor para la realidad.

-¿Y qué frutos cosechamos en estos últimos 10 años?

-Nos dimos cuenta de que uno de los riesgos más profundos que amenazan a la democracia es que parezca democracia: la simulación. Y de que para salir de la crisis tenemos que construir mayores grados de interdependencia regionales, externos e internos.

-¿Qué le diría a los adolescentes que terminan el colegio secundario?

-Que somos únicos por una sola vez, y eso es lo que nuestra vida tiene de sagrado. Si algo le podemos criticar a la sociedad de consumo es que al convertirnos a todos en sinónimo de todos, lleva a cabo una apología de nadie como el verdadero sujeto de la sociedad. Luchar contra este anonimato es reivindicar el milagro de la singularidad. Lo que me une al otro es, precisamente, que somos únicos. Yo pertenezco a una generación que sobrevivió a la subestimación y degradación del derecho a la diferencia. En esos años, en que muchos morían por no coincidir, sobrevivíamos bajo el terror.

-Secuelas que se perpetúan en los más jóvenes. Una generación criada por la mano áspera del terror y el dogmatismo es como un árbol podado de ramas y raíces.

-Lo que le falta a la clase dirigente argentina es personalidad, capacidad de obrar con espíritu creador. No hay creatividad ni propuestas porque las ideas han sido sustituidas por las consignas.

-¿Qué podemos hacer, entonces?

-Recuperar la indignación frente a las consignas. Esto nos lleva a la rebeldía y al replanteo de las ideas. Es necesario no quedar esquematizados en una convicción, en una verdad inequívoca; la posibilidad de replanteo debe quedar abierta.

-¿Y no deberíamos recuperar esa seriedad con que jugábamos cuando éramos chicos?

-Me encanta (dice con encantamiento y una franca expresión de inocencia). Es más, me gustaría que la entrevista terminara así.

Por Ignacio Escribano
Para La Nación

Desafíos de la democracia

 

-¿Cuál fue el debate intelectual en la Argentina del 83 y en la de los 90?

-En 1983, la presunción de que la subjetividad podría reconstituirse sobre la base del establecimiento de un sistema democrático. Y en los 90, enfrentarnos a un proceso de democratización endeble, sumado al descubrimiento de que las democracias poderosas proponían hacer del sujeto un consumidor, mucho más que un ciudadano.

-¿Y actualmente?

-El desafío consiste en transitar de la condición de consumidos y consumidores a la de personas, y recobrar la intimidad que perdimos en el trato con el otro y con nosotros mismos. Pero no me refiero a la intimidad en el sentido de que el otro no sabe qué hago, sino a la capacidad de contacto con la propia complejidad, incertidumbres y convicciones.

 


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