En la puerta de entrada de la casa de
Torcuato Di Tella (y también en la de la cocina) hay un recorte
de LA NACION con el dibujo mudo de Maitena en el que un hombre
consuela a la Estatua de la Libertad.
Consultado, el reconocido sociólogo de la
Universidad de Buenos Aires, salta: “Lo puso mi mujer”.
Porque, en un momento como este, él no cree que sobren las
palabras. Por el contrario, considera que son fundamentales.
“Tanto es así que hay términos centrales
que tendrán que ser redefinidos. Y guerra, gobierno, violencia,
bipolaridad son sólo algunos”, afirma el autor del
“Diccionario de Ciencias Sociales y Políticas”, tradicional
material de consulta universitaria que Emecé acaba de publicar
en una versión aumentada y aggiornada. El resultados
final “del tamaño de un ladrillo, como todo diccionario debe
ser” (así lo define Di Tella, mientras compara el grosor del
libro con un bloque de tierra cocida que perteneció a una vieja
escuela, y que guarda de modelo en su biblioteca), fue coeditado
por Hugo Chumbita, Susana Gamba y Paz Gajardo, y contó con la
colaboración de casi un centenar de intelectuales de la talla
de Gregorio Klimovsky, Juan Carlos Portantiero, Fortunato
Mallimacci, Adolfo Pérez Esquivel y Horacio Sanguinetti.
Di Tella lo recorre orgulloso. Es un fanático
confeso de las palabras, pero también es consciente de su poder
y el riesgo que implican. Tanto es así que prolijamente modificó
las letras de un cartel de “cuidado con el perro” y lo
reemplazó por “cuidado con el libro” para ponerlo en su
escritorio.
Qué pasa en el mundo
Pero los problemas que traen las palabras
–como la confusión generalizada que ve entre los términos
“causa” y “culpa” respecto de la responsabilidad de los
EE.UU. en los atentados– son la excusa perfecta que lo lleva a
un análisis de la situación que está viviendo el mundo, en diálogo
con LA NACION.
“Uno escucha gente que dice que los Estados
Unidos se la buscaron, mezclando causa con culpa. En
algún lugar leí que ambas palabras tienen la misma etimología.
No sé si es cierto, pero aunque tengan algo en común, es
fundamental diferenciarlos.
Y enseguida se pregunta: ¿Estados Unidos
verdaderamente se la buscaron? “Tanto como eso no,
aunque algunos se empecinen en sostenerlo. Pero es cierto que el
desarrollo y la expansión descontrolada del sistema económico
mundial son los que ocasionan estas cosas en el mundo musulmán,
y algo parecido en partes de América latina. Y ese sistema
mundial está, en última instancia, controlado o armado por los
Estados Unidos, ¿no es cierto?”
–¿Lo es?
–La verdad que no, no es cierto. Porque es
más bien ese sistema el que controla a los propios Estados
Unidos, el país más endeudado del mundo con la patria
financista. Es más: el sistema económico mundial es un
monstruo que está por encima de todo, y que incluso no tiene ni
siquiera una cabeza única. Es una hidra de mil cabezas, básicamente
irresponsable, operada por una multitud de ejecutivos,
analistas, inversores, la mayoría de los cuales son básicamente
unos ratones. Y es cierto que muchos trabajaban en las Torres
Gemelas, pero no se arregla nada con destruirlas con un par de
aviones.
–¿Y qué tipo de mundo cree que
tendremos cuando terminen los bombardeos?
–Estamos encaminados hacia una nueva
bipolaridad. Como la que se vivió con la ex Unión Soviética,
tendrá sus momentos fríos y sus momentos calientes. Aunque es
indudable que el mundo musulmán –a pesar de las
excepciones– se está consolidando como bloque. Y a diferencia
del conflicto con los países comunistas, que podía verse más
o menos como dentro de la sociedad europea, ahora hay una
diferencia étnica y, sobre todo, de religión. Pero para evitar
que ésta tienda al fanatismo tiene que darse un desarrollo económico
y cultural de laicización, que lleva un par de siglos, y
en el cual el mundo árabe está, en general, muy atrasado.
–¿Qué hay que hacer?
–Lo que se precisa es avanzar hacia un
gobierno mundial que ponga orden en el caos, que esté
convencido de que la economía es para el hombre, y no el hombre
para la economía. Las Naciones Unidas no son aún ese gobierno,
y mucho menos su Consejo de Seguridad, ni el Fondo Monetario, ni
el Banco Mundial. Son, sí, elementos de un gobierno mundial en
formación, que como todo gobierno se funda en la coacción y el
privilegio, pero que al menos puede dar alguna esperanza de
orden, sujeto a algunas reglas.
–¿Cuáles deben ser esas reglas?
–No sólo las que persigan al terrorismo,
sino las que impongan un sistema más justo para construir un
mundo preocupado más por el hombre que por los flujos
financieros.
Juana Libedinsky