TIFLOLIBROS
Libros
electrónicos para ciegos
Primera Biblioteca Digital para Ciegos de Habla Hispana
El ángel viejo
Roberto
Sancho Álvarez
Sebastián recordaba con nostalgia aquellos tiempos en que junto a otros amigos recorrían los predios del cielo. Todavía sentía los azotes que San Pedro le propinó cuando las alas fueron alcanzadas por las llamas al querer huir de los hornillos del diablo.
La travesura no hubiera pasado a más si no es por el desagradable olor a azufre que se propagó por todo el paraíso. Ahora las alas de Sebastián están descoloridas, los angelitos no podían hacerle el menor ruido.
San Martín tuvo que tomar la responsabilidad de limpiar los corredores porque el ángel se sentía viejo. Preocupado, el ángel Gabriel, San Miguel arcángel y Matusalén, un poco encorvado por la edad, juntó a todo el cuerpo de concejales. Recomendaron mandar a Sebastián a la tierra para que descansara.
Los preparativos se realizaron con mucha discreción. Después de un profundo estudio, Sebastián fue enviado a un asilo de ancianos. Las alas le fueron retiradas, su aspecto semejaba a un abuelo de cuenta cuentos de hadas, pero su mirada angelical denotaba sorpresa.
En los primeros días se sintió feliz de no tener que escuchar la algarabía infantil. Tampoco tenía ninguna ocupación que realizar. “-¡Aaay, esto si es vida!” .
Observaba a los compañeros que se quejaban de estar en ese lugar y algunos pensaban en el cielo para consolarse. Las mujeres iban y venían sin prestarle atención.
Quiso recorrer el lugar para conocerlo mejor, pero un vigilante se lo impidió: “-los paseos son cada mes-le dijo secamente. entonces fue a la cocina y tomó una fruta para mitigar el hambre-¡mejor no lo hubiera intentado!- a esa hora la nutricionista no permitía que ningún anciano probara bocado. Cabizbajo pensó en sentarse un rato en el amplio corredor pero no tomó en cuenta que sus pulmones eran débiles y que no podía permanecer ahí. El silencio reinaba, de vez en cuando la tos de un compañero lo sacaba de sus pensamientos.
Dos años vivió sumido en recuerdos. Pensaba en el descanso como algo lejano. ¡Cuánto añoraba las travesuras de los pícaros angelitos!. Si San Martín le diera la escoba, los pasillos estarían relucientes, pero ya no era posible, todo lo había perdido. No sabía qué hacer con tanta energía acumulada. Se arrepentía de actitud. La pereza no le había permitido ver la grandeza del trabajo y la satisfacción del descanso merecido.
Una sonrisa iluminó su rostro, se levantó a hurtadillas. La decisión estaba tomada. Atravesó el jardín, escaló el muro, elevó una plegaria y saltó.
Si quiere regresar a la página principal
por favor pase por esta puerta
Si quiere volver a la página de los Tiflolibrocuentos
pase por aquí