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Primera Biblioteca Digital para Ciegos de Habla Hispana
Rito Perrillero
Carlos Andrés Vallejo
Aquella calurosa tarde de junio padre e hijo, enfrascados cada uno en su lectura preferida, el periódico local o "El caso" y una novela del Oeste respectivamente, se habían sentado a descansar un rato en el poyo de la parte delantera de su casa con el porrón entre ambos.
Poco antes habían descargado y metido bajo techo el último carro de hierba, la cual formaba parte del sustento de los animales durante el invierno. Con ello habían dado fin a una de las distintas y duras recolecciones del campo, consistente en segar a dalle los prados, picarlo varias veces a fin de que cortara bien, dar repetidas vueltas a los hilos hasta que la hierba estuviera convenientemente seca, y, por último, el acarreo, siempre pendientes del cielo, esperando que no lloviera.
Por fin, el padre, al tiempo que plegaba el periódico, dijo:
-Anda, Liborio, hijo; suelta las vacas y llévalas a la dehesa, que yo voy al lavadero a ayudar a tu madre a subir los calderos de ropa.
Liborio, hijo único (cosa rara en el pueblo) y en los umbrales de la mocedad, cerró la novela, echó un trago de vino y con un lacónico "voy", se dirigió hacia la cuadra.
Con las dos vacas de la yunta y otra que estaba criando, atravesó casi todo el pueblo por la calle de Abajo en dirección a la dehesa comunal próxima al mismo. Las metió y tranquilamente, bien tieso, con el pecho fuera, marcando paquete y con las manos en los bolsillos: "con trazas de chulo putas", que decía su padre cuando le veía caminar así, comenzó a desandar el camino.
Al desembocar en una plazoleta donde las mujeres, sentadas a la sombra de unas acacias o al solete, según época y tiempo, acostumbraban a darle con gusto y por igual a lengua y aguja, las cuatro que allí había no le dejaron ni saludar: estaba claro, lo tenían planeado. En cuanto le vieron asomar, abandonaron con inusitada celeridad, y a la par, sus labores, y se abalanzaron sobre él, gritando: "A contarle los perrillos". Lo derribaron, y mientras una le sujetaba las piernas, abrazada a ellas, dos se encargaban de los brazos, en tanto que la Tomasa, sin el más mínimo rubor, le desabrochaba la bragueta. Por fin había llegado el momento de rendirse, cual oveja ante su esquilador, a aquella tradición paralela a la "oficial", y que, precisamente por serlo, escapaba en ocasiones al único control posible, que era el del sentido común, pero cuya espontaneidad y frescura compensaban los inevitables excesos en su cumplimiento y en cualquier sentido.
Aunque era inútil, al principio intentó resistirse, cosa que, como era lógico, enardeció aún más a aquellas cuatro mujeres casadas y todavía jóvenes, porque casadas habían de ser las que dieran, en representación de todas las demás, su visto bueno al "nuevo mozo", anticipándose, como siempre sucedía, al reconocimiento como tal por parte de todos los mozos del pueblo durante una merienda, convenientemente regada y que corría a cuenta del pobre neófito.
Así que la Tomasa, la más joven y atrevida, consiguió sin excesivas dificultades abrirle "la sacristía", como ellas decían, los gritos y las risas resonaron triunfantes en la tarde ya veraniega. "sácale el cura, que lo veamos todas", decía una. Y la Tomasa: "que no se lo encuentro". Y otra: "a ver si no tiene..." "Sí, aquí lo tengo; ¡y vaya, vaya!..., exclamó la Tomasa. "A ver, a ver..., clamaban las otras.
Cuando ya estuvo su encogido y desmayado "cura" bien visible, la Tomasa apuntó: "Para que un cura pueda decir bien la misa son necesarios los dos monaguillos ¿no?" "¡Venga, sácaselos también, y que los veamos todas!" -pidieron las otras.
Así lo hizo. Y después de contemplar las cuatro a sus anchas las vergüenzas del pobre Liborio, la Tomasa, sin el menor reparo, cogió su caído badajo y dijo a las demás: "Venga; a contarle los perrillos. Que cada una diga uno". Y comenzó ella misma: "Por la Luna del tío Garranchito". Y continuaron las demás. se trataba de darle un tirón nombrando a la vez un perro del pueblo y a su amo, como a las orejas en los cumpleaños, pero con ganas. "Por el Sol del Tomelosé"... "Por el Madero del Churris..." Por la Chata del tío Matraco..." Los respectivos tirones y consabidas frases iban acompañados de procaces comentarios, unas veces de elogio y otras de burla: "Poco pelo tienes, así que poca alegría..." "Te tiene que crecer un poquito más el badajo, amiguito..." "Pero a lo ancho no, que ya está bien..." "No está mal el conjunto ¿verdad?"...
La enumeración de perros y amos era fluida porque el pueblo tenía muy pocos habitantes; y como era tanto o más ganadero que agrícola, abundaban los perros, siendo tan importantes que todos los conocían por sus nombres como a sus propios amos. Además, en razón de las adras (prestaciones personales, gratuitas y por turno para el bien común) se había establecido un orden de los vecinos que todos conocían desde niños, por tanto no tenían más que seguirlo.
El final del pequeño tormento llegaba con el tirón cuarenta porque, según se decía, "el que a los cuarenta es mozo, hasta la muerte solo". Y con ello se pretendía, primero, ahuyentar, con ayuda de los perros invocados, los malos espíritus de la soltería, y, después, que al menos uno, si se quedaba soltero, le hiciera compañía hasta su muerte, por ser el perro el mejor amigo del hombre.
Mientras duró el "pitorreo", Liborio permaneció en silencio sin responder ni a sus atrevidos comentarios ni a sus malintencionadas preguntas. Inmóvil y en tensión, mantuvo los ojos cerrados, en un vano intento de sustraerse a las burlas y a su propia vergüenza, hasta que se percató de que a partir de la segunda o tercera ronda, la Tomasa se daba muy buena maña en alargar su turno, cambiando estirón por caricia. Cuando se decidió a mirarla disimuladamente vio en sus ojos un brillo desconocido para él y en sus labios una sonrisa que dejaba entrever el juguetón pico de su lengua.
Con un simple "hala, mozo; que tengas una buena mocedad y un mejor casamiento", dicho a coro después de haber contado el último perrillo, acabó todo. Lo dejaron en el suelo con todo al aire y regresaron a sus interrumpidas labores. La Tomasa lo hizo la última, diciéndole algo que no entendió. Se incorporó, y sin atreverse a mirarlas, aunque al parecer se habían desentendido de él, se recompuso torpemente, y se marchó de allí a la francesa, lentamente y tratando de no hacer ruido, temeroso de atraer de nuevo la atención de aquellas cuatro mujeres.
No habría recorrido más allá de cincuenta metros cuando Liborio oyó a sus espaldas: "Espera, que te acompaño". Se volvió, con fuego en la cara, porque había reconocido la voz: era la Tomasa, la cual prosiguió:
-Ven un momento a mi casa, por favor. Mi marido no está y necesito que me ayudes a cambiar de sitio unos sacos porque yo sola no puedo.
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