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Libros
electrónicos para ciegos
Primera Biblioteca Digital para Ciegos de Habla Hispana
La Caja
David
Aguilera Gámiz
Voy
a contarles una historia muy particular de la cual yo soy el único
protagonista.
Todo
comenzó en el verano de 1959, en Las Lagunillas, una pequeña aldea
perteneciente a Priego de Córdoba.
Mis
padres, durante algunos meses del verano, se iban a ausentar por razones de
trabajo y decidieron dejarme con mis abuelos maternos en la ya mencionada aldea.
Yo,
con mis doce años de edad, solo habría sido un estorbo para mis padres si me
hubiera ido con ellos a la lejana ciudad de Barcelona, donde ambos iban a
trabajar todo el verano en una confección de camisas.
La
situación en aquellos años estaba muy tirante y cuando mi tío Nicanor les
propuso a mis padres el trabajo no lo pensaron dos veces: averiguaron con mis
abuelos el tema de mi mantención y partieron rumbo a Cataluña.
Por
otra parte, tenían la suerte de que yo era hijo único y no daría mucho
trabajo a mis abuelos. Quizás, si hubiéramos sido más hermanos, la decisión
no se habría tomado de una manera tan rápida.
Así
que una calurosa mañana de junio mis padres se fueron dejándome con mis
abuelos, a los que yo quería muchísimo.
Los
días iban pasando poco a poco y yo, me iba acostumbrando a la vida del campo,
incluso he de decir que llegó a gustarme.
Ayudaba
a mi abuela a ordeñar las cabras y luego, en el carro de mi abuelo, íbamos
vendiendo la leche a los pocos habitantes de Las Lagunillas.
También
teníamos una preciosa huerta, la que nos daba infinidad de buenos frutos, que lógicamente,
también vendíamos; pues las cosas estaban difíciles para comprar pan por lo
menos tres veces a la semana.
En
los ratos que tenía ociosos, que por cierto eran muy pocos, me dedicaba a irme
a la finca de Vicente, el hombre más rico de la aldea. Allí nos juntábamos
los pocos niños que habíamos por los contornos y nos entreteníamos jugando a
cualquier cosa, sobre todo, a coger las frutas de los árboles del viejo dueño
de la finca y darnos un atracón.
Una
tarde de agosto, en la que estábamos todos sentados en círculo a la sombra de
un árbol, Miguel, que era el hijo de Vicente, llegó al lugar donde nos encontrábamos
y se sentó en el único hueco del círculo que había libre: a mi izquierda.
-Hombre,
ya llegó el señor marqués -dijo Andrés, que era un chico bastante travieso y
respondón-.
-No
me digas eso, -respondió Miguel-. Ya sabes que no me gusta que me llames así.
-Venga
hombres -dijo Juan, que era el muchacho que estaba sentado a mi derecha-. No os
peleéis tan pronto.
Cuando
la situación se hubo calmado un poco, Miguel me hizo una pregunta que yo no
esperaba en ningún momento:
-Oye
pablo, ¿tú a qué tienes miedo?
-Explícate
mejor porque es que no te entiendo -respondí-.
-Sí
hombre. Todos tenemos miedo a algo: a mí me da miedo bajar al sótano, a mi
hermana le da miedo la luna y en fin, todos tenemos miedo de algo.
-Pues
qué quieres que te diga -dije yo mirándolo con cara de sorpresa-. Ahora no
caigo: yo no tengo miedo a nada en particular. Por ejemplo, yo bajo al sótano
cuando me lo mandan, miro a la luna y me encanta e incluso una vez estuve en el
cementerio solo y de noche.
Todos
mantuvieron un buen rato de silencio, que rompo yo de un golpe seco:
-¿Por
qué no le preguntas a todos estos y mientras yo pienso si hay algo que me
asusta?
A
Miguel la idea le pareció buena y les fue preguntando uno por uno a todos los
demás, los que con una gran sinceridad y sin miedo a hacer el ridículo
contestaron:
-A
mí me dan miedo los ataúdes.
-Pues
yo le tengo verdadero horror a la oscuridad.
-Yo
odio el silencio, no sé lo que me pasa pero mientras no se oye nada por ninguna
parte, me siento como perseguido por algo.
-A
mí en cambio lo que me dan miedo son los espacios cerrados, creo estar
acorralado y que el monstruo va a venir a cogerme.
Cuando
todos expusieron sus temores, Miguel me miró nuevamente y me volvió a hablar:
-qué,
¿has pensado ya lo que te da miedo? ?¿Hay alguna cosa de la que aquí hemos
dicho que te asuste?
-Pues
no -respondí decidido-. A mí no me dan miedo esas chorradas ya que estoy
seguro de que los fantasmas no existen, ni los vampiros, ni los muertos
vivientes ni los monstruos que acechan en la oscuridad.
-Pues
yo estoy seguro de que hay una cosa que te da miedo -dijo Miguel-.
-¿Y
qué es esa cosa? ¿Me la puedes enseñar?
-Como
no -respondió-. Espérate aquí un momento que ahora mismo te lo voy a traer.
Aguardé
con mucha curiosidad la llegada de Miguel que a los cinco minutos se personó en
el lugar donde nos hallábamos todos.
-Ya
estoy aquí -dijo-. Y traigo en mis manos lo que le da miedo a Pablo.
De
una bolsa que tenía atada al cinturón sacó una pequeña caja, de unos veinte
centímetros de largo, doce de ancho y diez de alto. Dicha caja tenía una
cerradura en la parte superior derecha que se abría mediante una pequeñísima
llave que Miguel me entregó al mismo tiempo que la caja.
-Venga
-me dijo mirándome con cara seria-. ¿PoR qué no la abres aquí delante de
todos?
-Con
todo gusto -respondí-.
Ya
me disponía a girar la llave cuando:
-Pablo,
ven a la casa ahora mismo -dijo jadeando mi abuelo que con un rostro cansado nos
miraba desde una distancia corta.
-Espere
un momento abuelo, estoy acabando una partida...
-¡Te
he dicho que vengas! -Exclamó mi abuelo sin dejarme acabar la frase-.
-Bueno
Miguel, ya ves que he de irme -dije-. ¿Quieres que me lleve la caja o mejor la
dejo aquí y ya la abro otro día?
-No
te preocupes -respondió Miguel-. Llévatela a tu casa y cuando puedas abrirla
hazlo, ya verás como te asustas al contemplar lo que hay en su interior.
Yo,
sin ni siquiera despedirme de los demás chicos salí corriendo tras mi abuelo
hasta llegar a la casa. Allí me encontré con mis padres, que ya habían
acabado su trabajo en Cataluña y habían vuelto a Andalucía. Este hecho me
produjo a la vez una gran sorpresa y una gran alegría, pues yo echaba de menos
a mis padres y otra vez los tenía a mi lado.
Tras
los típicos abrazos y besos que surgen en esas ocasiones, mis padres me dijeron
que hiciera mi maleta rápidamente, pues partíamos para Cabra, un pueblo
cercano, perteneciente también a la provincia de Córdoba, porque mi padre había
encontrado un trabajo excelente allí y debía comenzar a ejercer su puesto tan
solo dos días después.
Yo
obedecí sus órdenes al pie de la letra y con una rapidez infinita. Metí en un
saco todas mis cosas, incluida la caja que me había dado Miguel, y me dispuse a
emprender el viaje junto a mis padres.
En
Cabra nos instalemos en una pequeña casita situada a las afueras del pueblo
donde esperábamos ser muy felices.
Al
llegar a nuestra casa, me puse a ordenar todas las cosas que había echado en el
saco y en el fondo me encontré la caja de Miguel, con la llave en la cerradura,
dispuesta para su apertura en el momento en el que yo lo desease.
La
dejé en un cajón de la pequeña mesita de noche que había a la izquierda de
mi cama y acudí a la llamada de mi madre, que con su ronca voz me indicaba que
íbamos a cenar.
Cuando
la cena había concluido, yo me dirigí a mi cuarto con la intención de dar fin
al misterio que ocultaba la dichosa caja, pero antes de dar la vuelta a la
llave, un terrible pensamiento pasó por mi mente:
-Dios
mío, ¿qué habrá ahí dentro para que Miguel esté seguro de que voy a
asustarme? ¿Y si fuera algún secreto oculto de su familia? Muchas veces se
rumoreó que el abuelo de Miguel dio muerte a algunos de sus campesinos porque
exigían un sueldo más alto. ¿Y si me encuentro dentro de la caja la mano de
un muerto? La caja no es muy grande pero podría caber algo así. Bien, ahora
tengo sueño, la abriré mañana por la mañana, cuando haya descansado.
A
la mañana siguiente me pasó lo mismo: ya me disponía a abrirla cuando
tenebrosos pensamientos corrieron como caballos desbocados por mi cabeza. Dejé
la apertura para la tarde. Por la tarde la dejé para la noche, por la noche
para el día siguiente, luego para dentro de dos o tres días, más adelante
para una o dos semanas y en fin, en 1984 no había sido capaz de abrir la caja.
Hacía
veinticinco años que Miguel me la había entregado y yo aún no sabía lo que
contenía la caja.
La
tenía escondida en mi armario y cuando tenía que coger algo del cajón en el
que se encontraba, algunos pelos se me ponían de punta y me daba, en fin, no sé
si es miedo, pero una sensación similar era la que me invadía en aquellas
ocasiones.
El
tiempo seguía pasando y en 1994 la caja seguía en el cajón secreto de mi
armario.
El
18 de mayo de ese año, día en el que había bebido muchísimo mientras veía
en el bar con algunos amigos un partido de fútbol, llegué a mi casa muy
borracho y pese a mi estado de embriaguez, mi cerebro fue capaz de pensar:
-Este
es el momento más bueno para abrir la caja, porque con la borrachera que he
cogido no hay nada que dé más miedo que yo mismo. Y otra cosa: no creo que lo
que hay dentro de la caja me asuste más que todas las deudas que tengo.
Y
sin pensármelo más, me dirigí al armario y la cogí. Me senté en mi cama,
encendí la luz y puse la mano en la llave. Cuando ya había dado prácticamente
toda la vuelta a la llave, el teléfono me sobresaltó. Dejé la caja tal y como
estaba en su lugar del armario y atendí la llamada, que por otra parte, hubiera
sido mejor si no la hubiera recibido pues era otro problema.
Aunque
mi verdadero problema sucedió en enero de 1996, cuando me salió un pequeño
bulto en el brazo derecho. El bulto fue creciendo y creciendo y a la vez que
agrandaba yo empezaba a tener unos dolores de cabeza espantosos.
Decidí
ir al médico y me mandó un tratamiento que no me hizo absolutamente nada. Por
eso, me siguieron haciendo pruebas hasta que determinaron mi enfermedad: un cáncer.
A
mí, me costó mucho trabajo asimilarlo y teniendo en cuenta que yo era un
hombre muy tímido y solitario, que nunca había tenido novia ni me había
casado y al que siempre le habían faltado amigos, la noticia me sumió en una
onda depresión.
Pero
en fin, acabé de asimilarlo lo mejor que pude y solo me quedaba esperar a que
la muerte quisiera llevarme a su lado.
Pero
esta mañana me he puesto a pensar:
-Bien,
yo no puedo irme a la tumba sin ver que hay dentro de esa caja; Creo que no
descansaría en paz si no giro de una maldita vez la llave y veo lo que se
esconde en su interior.
Así
que sin pensarlo más, me dirigí al armario, cogí la caja y me la llevé al
salón.
Ya
allí, me senté en el sofá y la abrí con mucha calma.
Y
querido lector: ¿se imagina usted lo que hallé en su interior?
Pues
lo que hallé fue sencillamente "nada": en la caja no había
absolutamente nada, ni dos o tres partículas de polvo acumuladas allí durante
los años.
Como
supondrán, me quedé asombrado, pues yo esperaba que en la caja hubiese habido
algo, aunque sea una pequeña nota escrita por Miguel, pero no, allí no había
nada.
Bien,
querido lector: mi objetivo con esta pequeña narración es hacer ver que es muy
difícil por no decir imposible, que haya personas que no tengan miedo a nada.
Mismamente
yo, he pasado casi cuarenta años teniéndole miedo a esa misma
"nada".
Y
ahora he de retirarme, a esperar a la muerte, a la que creo que muchísima gente
le tiene miedo.
Si
algún día alguien lee esta historia espero que le sirva de algo y si no es así,
por lo menos habrá pasado unos minutos leyendo y no dedicándose a hacer alguna
cosa más perjudicial para la salud.
Con
estas palabras, digo adiós al lector y acabo este pequeño relato, que es igual
de pequeño que mi vida.
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