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Primera Biblioteca Digital para Ciegos de Habla Hispana

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Chico perro pá

Pablo Lecuona

 

     Hay un chico, una tarde, tiene diez años. Está sentado en el piso, es verano, en el patio de su casa. A su lado dormita un perro.
     El chico lee. En el libro hay soldados, hay turcos y árabes. Hay gentes malísimas que torturan y matan, por envidia o celos, o por puro gusto.
     Una mujer se disfraza de soldado para rescatar al hombre que ama. El está prisionero del Gran Visir.
     El chico de vez en cuando deja de leer y acaricia al perro que cierra los ojos y se estira plácidamente.
     La mujer debe luchar mucho para rescatar al hombre. Es atacada y pelean. Mueren turcos y también compañeros suyos. Se mueren. Caen, desaparecen y no están más en esta historia.
     El chico otra tarde. También acaricia al perro que duerme. Piensa en otro perro, el de unos conocidos. Tenía moquillo. Le pusieron un collar de ajo, dicen que con eso se cura. El perro mejoró, pero un día recayó y se murió.
     -¿Qué pasaría si se muriera su perro? El lo seguiría acariciando.
     Pero su perro no se iba a morir.
     Muerte no era nada más que una palabra. Existía en los libros de aventuras o contaban otros de gente que se moría.
     El año anterior se había muerto la madre de su mejor amigo. Había faltado varios días a la escuela y cuando volvió, la maestra que era una bruja, preguntó adelante de todo el grado, quién era el chico al que se le había muerto la madre. Todos decían que eso era horrible.
     También, por la misma época, habían matado a toda una familia en su casa. Lo había visto por la tele. Entraron a robar, los ataron y después los quemaron.
     La casa quedaba cerca. Una vez el chico pasó por la puerta. Estaba todo cerrado. Parece que la policía estaba adentro investigando.
     La muerte de esa familia le había dado mucho miedo. -Y si alguna vez entraban en su casa y les hacían lo mismo?
     Y su perro un día se murió.
     Un viernes. El salía de catecismo. Lo había ido a buscar el papá. Al otro día lo contaba como una anécdota, como algo que en realidad no hubiera pasado. Salieron de la iglesia y cuando iban para el auto, el padre le preguntó cómo andaba de ánimo.
     El chico pensó en la abuela, el abuelo, o le había pasado algo a la mamá. Preguntó:
     -¿Por qué?
     -Se murió Lucas.
     Después le explicó:
     -Mamá volvía de hacer las compras y sentimos que gritaba. Lucas estaba en el patio, tirado. No sé qué le pasó. Nosotros estábamos en la cocina, nos dimos cuenta cuando gritó mamá.
     El chico lo escuchaba. Siempre había pensado que cuando alguien se muriera él iba a llorar. Todos lo hacían.
     Muchas veces había llorado. Cuando peleaba con las hermanas o con los compañeros de colegio, o cuando la madre o el padre lo retaban.
     Pero ahora no lloraba. Estaba seco. Se mordisqueaba las uñas, pálido, abría grandes los ojos pero no lloraba.
     Al llegar a la casa, la hermana chica y la madre sí, lloraban. La hermana grande estaba encerrada mirando la televisión. A ella no le importaba.
     El perro estaba en una caja, en el patio. El chico se acercó y lo acarició. Lo sintió rígido y frío pero siguió acariciándolo. Era la última vez que lo podía hacer. La cabeza, el hocico apretado. En la oreja tenía un pegote y el chico se lo sacó. Ahora sí lloró pero no como siempre.
     Pusieron en la caja la correa, el tarro de la comida y del agua, las cosas que eran de él.
     Siguió acariciándolo un buen rato pero se lo tenían que llevar. Lo pusieron en una bolsa y lo sacaron a la calle para que se lo llevara el basurero.
     El mismo chico más chico. Una calle. Caminan, pasean con la familia. Un perro. Un cachorro que quiere jugar y los sigue. El chico más chico llora. Le tiene miedo, a todos los perros les tiene miedo.
Lo tienen que alzar porque si no el perro lo va a morder.
     Y cuando la tía les llevó el perro, él le seguía teniendo miedo.
     Si el chico estaba en la misma habitación que el perro lloraba porque quería que lo aten, la hermana chica lloraba porque lo ataban, y el perro lloraba porque ellos lloraban.
     Y tuvo miedo más tiempo, hasta que un día se animó a acercarse al perro y se hicieron amigos, y se hicieron hermanos.
     Ahora L.M., (las iniciales del nombre de su perro), no podía ono quería el chico decir su nombre, se iba con la basura. Pasaba a ser el L.M. imaginario de los juegos, al que no se puede ver pero está.
     -Quiero otro perro -dijo ese mismo día el chico-.
     -Sí, vamos a buscar otro -dijo la madre-.
     -No sé, vamos a ver -dijo el padre-
     -Vamos a ver -la madre-.
     Y el padre: -Tiene que ser cachorro, chiquito, macho, que no tenga mañas, lo tienen que educar...
     Un amigo le dice que le va a traer uno. el chico lo espera. Ya tiene pensado el nombre que le va a poner.
     A la noche llora porque se acuerda del que se murió. La madre lo reta. Le dice que si sigue llorando no van a traer al otro perro. Pero el chico sigue llorando cuando la madre no lo ve.
     El padre repite:
     -Que sea cachorro, un perro grande no podemos tener...
     El chico va a catecismo. Es como la escuela pero a la tarde     y se habla de religión. Lo feo es que los domingos hay que      levantarse temprano para ir a misa porque si no es pecado.
     Antes de terminar hay que rezar y cada uno debe pedir por algo.
     -Por los chicos que sufren -pide uno-.
     -Por mi familia, por mis amigos -pide otro-.
     -Por las personas que están enfermas -pide otra-.
     Y el chico: -Por que el perro que me van a traer sea macho y cachorro.
     -Por qué no? Si Dios es tan puédelotodo, -no podría hacer esto?
     El trataba de portarse bien, rezaba todas las noches, y pocas cosas le pedía. Ahora lo único que quería era que el perro fuera perro y chiquito.
     Y Dios no lo escuchó.
     El perrito ya era grande, tenía seis meses. Y el padre no lo quiso tener.
     -Ya tiene sus mañas y no lo podrían educar bien, tiene que ser más chico...
     La casa de una abuela. Un edificio antiguo. Dos pisos por escalera, un corredor muy largo y en el final la puerta abierta y la abuela.
     Los olores de las casas de las abuelas. Olor de ravioles de los domingos, de estofados, de milanesas.
     El olor fresco de las cosas de la casa de esta abuela. Mezcla de soda y naftalina, aunque con dos palabras no se pueda traer a ese olor.
     Todas las casas tienen su olor particular, y esta tiene eso: olor a la casa de la abuela.
     El abuelo, como todas las tardes a esa hora, está sentado a la mesa redonda con mantel de hule, donde los domingos almuerza la familia. En la mesa su infaltable lata de galletitas, que el abuelo come con queso Mar del Plata.
     El chico llega y saluda al abuelo que está contento. Contento como un chico porque le tiene preparada una sorpresa:
     -Tu tía te consiguió un perrito para vos.
     Ahora el chico también está contento. A éste si que lo van a poder tener.
     La mamá no está tan contenta pero dice que sí, que lo van a tener.
     Unos días después. El chico está en su casa. Llega la tía   que trae la perrita.
     El padre ya dijo que no, que una hembra no se puede, que hay que regalarla... El papá no es malo pero la perrita en la casa no puede estar.
     Y la tía la llevó igual.
     Es chiquita, tiene apenas un mes. Blanca con manchitas negras, por eso la llaman Manchi. Duerme en una caja, abrigada por trapos.
     Toda la familia está alrededor de ella, pero no hay nada que hacer, dos días después va a irla a buscar una señora.
     Al chico le gusta esta perrita. Quisiera quedársela. Para los grandes es fácil pedir y elegir cómo tiene que ser y decir que la tienen que regalar...
     El chico quiere llorar y lo hace cuando nadie lo ve. La tía le dice que convenza al padre y que la van a poder tener.
     El papá al día siguiente dice que a ésta la van a regalar pero van a ponerse a buscar un perro.
     -Vamos a ir a un vivero y elegir lo que queremos: un perro chiquito, macho, cachorro...
     El chico se pone muy contento. En la escuela le cuenta a todos lo que dijo el papá.
     Los compañeros lo escuchan pero están raros. Se reúnen y hablan en secreto como si escondieran algo.
     Y después el chico se entera: Al otro día es su cumpleaños y sus amigos están planeando regalarle un perro.
     En realidad no todos los chicos, otros le quieren regalar una cantimplora. Una como la  que él tenía y le robaron en aquella excursión, cuando también lloró.
     Para su cumpleaños organiza un baile. Es la primera vez que hace uno. Ya en su grado, algunos hicieron.
     La hermana grande le preparó música grabada y él invitó a todos los chicos y a las chicas.
     Y bailaron. El bailó nueve veces y con tres chicas   distintas. Y jugaron a verdad, consecuencia, opinión o numeración.
     -¿Cuánto le das a Luciana como novia y como amiga?
     Y al casamiento chino. Este era al que más le gustaba jugar.
     Se quedan todas las chicas en una habitación y van entrando los chicos de a uno. El que entra tiene que arrodillarse adelante de una chica. Entonces la chica o te da un beso o te pega una cachetada.   
Si después algún chico se arrodilla delante de una mujer que ya te dio un beso, tenés que darle una patada por arrodillarse ante tu chica.
Después se hace lo mismo pero entrando las chicas y quedando los varones.
     Y a su baile le llevaron el perro. Pero era perra, y grandecita, y tenía sus mañas...
     Cuando la vió, supo enseguida que otra vez se repetiría la misma historia. La perrita era buenísima pero el padre dijo no.
     -¿Cómo anda la perrita que te regalamos?  -Los chicos siempre le preguntaban.
     -Y él qué les podía decir?
     -No sé, deciles que el abuelo justo te regaló otro perro y hubo que elegir. Y a la perrita la llevamos a la quinta de algún pariente...
     Una amiga de la mamá, otra vez le va a traer un perro.
     Es domingo. Falta muy poco para la primavera pero el invierno no se quiere ir. Hace mucho frío.
     El chico está en su casa. Acaban de volver, como siempre, de la casa de la abuela. Tocan el timbre y es la amiga de la mamá. Es la amiga de la mamá! Nunca el chico estuvo tan contento por una visita.
     Y trae un perro, y es macho y es chico, y es cachorro, y sin mañas...
     -¿Esta vez sí, pa? -¿Lo vamos a tener? -¿Ahora sí, pa?
     Hay un chico, una tarde, ya es más grande. Está sentado en el piso, leyendo, en el patio.
     Y hay otro perro que duerme a su lado. El chico lo acaricia y el perro cierra los ojos y se estira.
     El perro es grande, mañoso, hasta malo con alguna gente... y hay también un papá...


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